ELEGÍA AL GÜILLANGUILLE *
(El llorón)
Autor, Dr. Carlos Villamarín Escudero
* Güillanguille significa "llorón", pero no es una palabra quechua, ni pertenece a ninguna lengua europea. Parece más bien, ateniendo a su morfología fonética, de origen onomatopéyico, ya que al menos sus primeras sílabas, tienen cierta similitud con el llanto de un tierno niño. Sin embargo, no es así. Güillanguille es por cierto uno de los pocos vocablos que sobreviven de la lengua Panzalea vigente aquí hasta el arribo de los españoles. Significa llorón. (N. del A.)¿Quién con un ápice de piedad sería capaz de ver a un tierno niño, estremeciéndose entre los estertores de su propio llanto, solo y abandonado a la vera del camino, y pasar adelante sin que su corazón no sufriera un remezón de dolor? En efecto, difícilmente se podría dar con alguien carente de total sensibilidad que, sordo y mudo al clamoroso grito de quien necesita encontrar socorro en la solidaridad humana, continuase indiferente su camino. Pues, sin duda, quien se viese en similares circunstancias, no vacilaría un instante en prestar auxilio al desvalido, aunque fuera animado solamente por la inconsciente propensión de contribuir a la conservación de la especie.
»Pero no siempre sale con la bendición de Dios quien, ablandado por la compasión, va en ayuda de su prójimo en dificultades. Porque emular al Buen Samaritano en Sigchos no es nada sencillo como en el Israel de los tiempos bíblicos. Aquí, con frecuencia una buena acción es retribuida con otra mala, que dejará en el comedido acerbos recuerdos. Y como prueba de mi aserto, escuchen ustedes lo que me sucedió unos años atrás.
»Fue un bendito domingo, de regreso a casa, luego de haber permanecido el día en el poblado, divirtiéndome en compañía de unos amigos. La tarde agonizaba entre resplandores rojizos, que por un instante tuve la impresión de que el cielo, por el lado del poniente, se consumía devorado por el fuego. También mi caballo parecía abrigar similar presentimiento, ya que se veía nervioso y no disimulaba su inquietud expresada en cortos y agudos relinchos. Sin embargo, las furiosas llamaradas fueron poco a poco empalideciendo como temerosas de la inminencia de la noche, que no tardaría en tender sus negras alas sobre el paraje. Pero en la naciente noche la oscuridad no tuvo acogida. Tan pronto como se ocultara el Sol, la Luna, surgiendo esplendorosa detrás de las pirámides de los Ilinizas, como una gigantesca hostia elevada por manos invisibles, bañó el panorama en su argentada luz.
»La iluminación lunar realzaba el embrujo nocturnal de aquel lugar, tantas veces contemplado con indiferencia por mis ojos, un lugar casi desconocido, un raro miraje saturado de misterioso encanto. Deba la impresión de que acababa de ser inyectado vida y de que pronto adquiriría animación. Y que entonces se dirigiría a mí, anheloso de revelar el arcano de la vida y de volcar en confidencias los secretos acumulados en su memoria de granito durante la eternidad. Todo contribuía a elevar mi espíritu: la platinada luz que me envolvía en su aterciopelada caricia; la absoluta quietud de la noche y hasta la actitud de mi caballo, caprichoso a menudo y trotón siempre, que ahora, como embargado de placentera alegría, adoptaba el clásico paso propio de los corceles purasangre.
»Me absorbió de repente, a un estado de ensueño, el grandioso paisaje de visión subyugante. Sensaciones divinas me eligieron su dueño. Hasta mi alma llegaba la seráfica luz, el aliento embriagante de las flores fragantes y una inmensa ternura que emanaba la paz. Me encontraba ligero, me sentía animado cual azul golondrina que cabalga la brisa tras la fúlgida estela de una estrella fugaz.
»Mas mi embeleso que no iba a durar por mucho rato, se desvaneció sin transición irrumpido de repente por la víbora de la tentación. Sin saber cómo, la imagen de Manuelita se presentó en todo su lujuriante esplendor. Ella era una joven y hermosa mujer como sólo se ve entre las yalenses*, y con quien me las entendía desde hacía algún tiempo sin que nadie columbrase el enredo. A la sazón se hallaba ella casada con un vejete avaro, rico como Lucifer y sordo como una roca. Yo la visitaba de vez en cuando y siempre pasada la medianoche. Para alertarla, solamente tenía que imitar el lúgubre canto del búho y ella no tardaba en franquearme la puerta de su alcoba. Por cierto, no sentía yo ningún remordimiento por adornar la venerable cabeza del marido de mi amante, consciente de que, si no lo hacía yo, no faltaría otro que lo hiciera gustoso. Desde luego que, para degustar una y otra vez la apetitosa fruta con que me tenía embaucado el diablo, no tenía reparos en sortear los escollos impuestos por la moral. Y, en esta ocasión, al punto experimenté el deseo irresistible de volar en busca de Manuelita y, en vez de proseguir el camino de mi hogar, templo y refugio de paz, que se hallaba apenas a un tranco de distancia, di media vuelta a mi montura y, obligándola a acelerar el paso, fui en pos de una aventura.
»La nueva meta del viaje era Yaló, la aldea donde moraba Manuelita. Para llegar a ese lugar utilizando un camino expedito era preciso regresar antes al Balcón de los Andes y desde allí avanzar hacia aquel poético caserío. Una distancia considerable que significaba el empleo de una cantidad de tiempo que no iba pareja con la urgencia de llegar cuanto antes junto a mi amada. En mi premura, supuse que mi caballo sería demasiado lento para que pudiese trasladarme con prontitud por esa vía. La alternativa, si bien peligrosa, consistía en utilizar los atajos que abreviarían la distancia. El momento no era como para ponerme a meditar en las dificultades que ofrecía el recorrer senderos escabrosos, descender y trepar laderas y atravesar la turbia corriente del Mallacoa desprovista de puente. Lo que importaba era ganar tiempo.
»Me desvíe del camino principal para tomar un angosto sendero semejante al de las cabras. El caballo, al principio, emprendió de mala gana el difícil recorrido, pero en cuanto sintió la caricia de las espuelas, no encontró más remedio que aligerar el paso. En pocos minutos atravesé, cuesta abajo, un denso chaparral que terminaba en la cenagosa orilla del riachuelo. No me detuve a mirar la Luna que se reflejaba nítidamente en el agua, presentando un espectáculo digno de ser reproducido en una tarjeta postal, y gané sin contratiempo la orilla opuesta. Empecé el ascenso de la ladera, despejada de matorrales, aunque tan empinada como la anterior, ansiando por superarla en unos cuantos minutos.
»Faltaba muy poco para llegar a la cima, y fue entonces cuando escuché desconcertado el intermitente llanto de un niño recién nacido. Procurando aguzar la vista, busqué perplejo en mi derredor. ¡Cielo Santo! Lo que vi entonces me hizo olvidar el propósito que me había motivado llegar hasta allí. Detuve en el acto el caballo, que también tenía la mirada fija en lo que veía yo.
»¡Situada en el borde mismo del sendero, envuelto su cuerpecito en albos pañales sujetos por una faja roja y con la cabeza descubierta, se hallaba una criatura que se ahogaba en lastimero e incesante llanto! Debía tratarse de un varón, por su potente voz.
»Tal parecía que alguna desalmada mujer, para ocultar a la vecindad el fruto de un amor prohibido, le había abandonado en aquel siniestro lugar en espera de que fuera devorado por los lobos que merodeaban por allí. Sumamente conmovido ante semejante escena, me apeé del caballo y fui en su socorro. Al tomarle en brazos pude fijarme en sus hermosas varoniles facciones y ratifiqué mi opinión de que trataba de un niño. Sin pensar dos veces le subí conmigo al caballo, que extrañamente se mostraba inquieto, como si experimentase miedo, pero le obligué a reiniciar la marcha sin concederle demasiada atención. Y de pronto me di cuenta de que me hallaba en un aprieto: ¿Adónde podía llevar el niño? Pues no era sencillo presentarme con él a Manuelita ni mucho menos ante mi esposa. Pues, ambas damas, como cortadas con la misma tijera, eran celosas y testarudas, y obviamente me habrían preguntado de dónde había sacado la criatura, sin que pudiese yo convencerlas jamás con el argumento de que la hubiera encontrado por el camino.
»Fue entonces cuando pensé que lo acertado sería llevar el bebé al párroco y ponerlo a su cuidado. Era posible que él creyese mi versión sobre aquel extraño hallazgo. Como confesor de la comunidad, conocería sin duda quién de las pecadoras de su parroquia esperaba a la cigüeña para esos días. Satisfecho de haber hallado la solución de mi problema, volví a dar media vuelta a mi caballo y, ahora sí, en dirección del Balcón de los Andes.
»Mientras avanzaba a paso más sosegado del caballo, como no podía ser de otra manera, volví a fijarme en la carita del niño, que al fin había cesado de llorar y que parecía sonreírme, notando que lo era realmente hermoso. De seguro que también sus padres los serían. Pero ¿quiénes podrían serlos?
»Al volver a mirar el rostro de la criatura, comprobé que en realidad estaba sonriéndome. Además, tuve la impresión de que tenía más edad y mayor tamaño de los que me había figurado cuando le recogí. Supuse que a veces la claridad lunar le juega a uno extrañas bromas. Pero lo que me estaba sucediendo no era ninguna broma, pues el niño iba creciendo ante mi estupefacta mirada. Ahora podía ya emitir sonidos articulados. ¡Acababa de llamarme "papá!"
»Quise convencerme de que todo no era sino fruto de mi imaginación y que debía serenarme si no quería verme acorralado por el miedo. Fiel a tal propósito, intenté disimular mi interés por el pequeño, dejando vagar la mirada a lo largo de la ladera de enfrente mientras que con una mano trataba de buscar un cigarrillo en uno de mis bolsillos. Sin embargo, mi protegido, que por lo visto me había cobrado afecto, no quiso dejar pasar demasiado tiempo sin hacerse notar que estaba muy adelantado para la edad que representaba, aunque a costa de maravillarme mucho más que antes. Fue precisamente entonces cuando sentí que con una de sus manitas, que había logrado sacar de la envoltura, me tocaba con insistencia en el mentón, buscando llamar mi atención. Y en cuanto la obtuvo, en tanto que con uno de sus deditos indicaba su boca, decía: "Papá, papito... Mírame. Ya tengo dientes". En efecto, ¡a través de sus labios entreabiertos pude ver puntiagudos colmillos que adornaban sus encías, poco antes vacías!
»No quise o no pude responderle. Una corriente de helado cosquilleo empezó a recorrerme la espalda. Pero el niño que a toda costa quería entablar diálogo, profirió: "Papá, papito... Mírame, que tengo también uñas". Ciertamente, ¡sus ahora peludos dedos terminaban en corvas y afiladas garras similares a las de un gato! Y de inmediato añadió: "Verás, papito, no lo vas a creerme, pero también tengo rabo". Vaya, ¿el bribón quería provocar en mí el pánico con semejante mentira? Desde luego que no, ya que, deshaciéndose en un instante del envoltorio de pañales que le cubría, ¡exhibió un largo rabo que, brotando sorprendentemente del final de la espalda, lo ondulaba en el aire como una serpiente presta a atacar!
»Al fin, dándome cuenta que la criatura que transportaba en mis brazos no era sino un maldito güillanguille, quise arrojarlo lejos de mí y huir gracias a la velocidad de mi corcel, que también parecía predispuesto a poner pies en polvorosa. Pero ya no me fue posible poner en práctica tal proyecto, porque aquel horrible ser, adivinando mis intenciones, se apresuró a rodear mi cuello con el rabo, apretándolo como un lazo corredizo. Luché por un rato desesperadamente con el fin de desprenderme de él, manteniéndome aún sobre el caballo, que corcoveaba y relinchaba presa del pánico.
»Mas de pronto fui a dar en tierra unido a mi estrangulador, que rugía como un león enfurecido mientras me asfixiaba. La feroz lucha, en la que veía todo perdido para mí, continuó en tanto que rodábamos por la ladera. Sin embargo, cesó el instante mismo en que tocábamos las torrentosas aguas del Mallacoa, donde me vi inexplicablemente libre de aquel ser horripilante que, para mi total pasmo, habiéndose transformado de pronto en una blanca y bella paloma, volaba hacia el cielo.
»Al fin me sentí aliviado totalmente.
»El güillanguille es el alma de un niño que ha muerto sin recibir las aguas bautismales. No puede estar en el cielo por la sencilla razón de que no está en gracia de Dios. Tampoco en el infierno ni en el purgatorio, puesto que no ha cometido pecados mortales ni veniales. Su destino es vagar por la tierra, cerca del sitio que descansan sus restos mortales, a menudo asustando a los mal vivientes, hasta cuando alguien le sumerja en las purificadoras aguas. En realidad el güillanguille no es tan malo como parece, pues con su intervención muchos sujetos que empiezan por el mal camino, y que pudiesen terminar en el abismo, se corrigen a tiempo.
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** Denominativo de los habitantes de Yaló. Por otra parte, Yaló significa, en legua cayapa, calos de casa. (N. del A)
*** Balcón de los Andes: es la fiel traducción del sustantivo panzaleo: Sigchos. Sigchos fue la capital del antiguo reino panzaleo. (N. del A.)Advertencia.
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