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I
¿A QUÉ SABEN TUS BESOS?
El tedio ominoso
sedimentado en mí,
fugó vertiginoso
en cuanto te lo vi.
Sentí que la esperanza,
tan parca para mí,
me indujo a la confianza
que nunca conocí.
Jamás hasta ese día
no supe ni advertí
cuál era la alegría
que aquella vez sentí.
¿Fue fruto del ensueño,
que tanto perseguí
sin desistir mi empeño,
que al fin lo recibí?
Libé con la mirada,
con mi alma la absorbí,
la luz inmaculada
que advenía de ti.
Miré tus bellos ojos,
frutas de capulí,
serenos como lagos,
y en ellos me perdí.
Seguí sus laberintos.
Y entonces descubrí,
ardientes, dadivosos,
tus labios de rubí.
“¿A qué saben sus besos
―vehemente me inquirí―,
a nardos, a geranios
o a flor de alelí?”
¡Nepente de los dioses
su esencia, colegí.
Llegar a despojarles
audaz me prometí!
Sin que medie un momento
quise saber por mí,
quise besar sediento
tus labios de rubí.
Mas mi hado fue infausto.
Como te consta a ti,
¡de tus besos el gusto
jamás lo descubrí!
París, mayo de 2002
I I
¡QUÉ HERMOSA ERES TÚ!
Radiante cual estrella,
¡qué hermosa que eres tú!
No habrá mujer más bella
ni pura como tú.
Del mar eres espuma,
del alba su arrebol,
de la noche la luna,
del día eres el sol.
Si Venus retornara
en nombre del amor,
no hay duda que quisiera
de ti el esplendor.
Quisiera darte un reino,
las perlas de Ormuz,
velar por tu destino,
¡Oh, reina de la luz!
En todo lo que miras
yo lo quisiera estar.
El aire que respiras
quisiera yo formar.
No obstante tu belleza,
no obstante tu candor,
en mí habrá tristeza
si no tengo tu amor.
Quito, 25 de octubre de 2005

I I I
AUNQUE
ME DUELA EL ALMA
Te dejaré mañana, no
obstante que te quiero.
Aunque me duela el alma,
pero te dejaré.
Atisbo la distancia que
abarca mi sendero
y el corazón me dice que
nunca volveré.
Este cariño intenso,
ardiente, apasionado,
se desató en mi pecho en
cuanto yo te vi.
Tal vez no me quisiste y amé
sin ser amado,
pero jamás quisiera saber si
lo fue así.
Me llevo tu alegría cautiva
en mi recuerdo,
asida a la certeza que no te
olvidaré,
porque al marcharme solo,
consciente que te pierdo,
no sabré sino amarte como en
la vida amé.
Te dejaré mañana, y en ese
mismo instante,
todas mis ilusiones
fenecerán en mí.
Pero te dejaré,
definitivamente,
aunque la vida entera no
piense más que en ti.
Quito, 7 de enero de 2006

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