A M A P O L A

                                                        Gustavo Vies

Permitidme, ¡oh divina Mnemósina!
Explorar un suceso ya lejano
Y mirar a la estrella matutina
Que deslumbrara al Quito franciscano.

 

CAPÍTULO I

Amapola, a pesar de su nombre de evocación botánica, no fue realmente una flor de brillantes y rojos pétalos cual sangre recién derramada. Tampoco tuvo propiedades hipnóticas y sedantes como se hubiera podido suponer, debido a la fama bien ganada por aquella planta fuente prolífica de alcaloides llamada al igual que ella. Su aspecto y naturaleza fueron diferentes. En consecuencia, jamás danzó en la ubérrima campiña, al ritmo de la música modulada por los laúdes del viento, ni vio al trigal circundante inclinar sus áureas espigas hasta besar el suelo, en signo de pleitesía a su belleza. Su morada fue la ciudad y sus galanes, elegantes caballeros de románticas tendencias, en su mayoría aún en el confuso tránsito de la adolescencia, que, empeñados en poseer aquella primorosa flor, no columbraron el advenimiento de aciagas frustraciones.

   Amapola no era una flor en el estricto sentido de la expresión, sino una joven y preciosa mujer en la cual se retrataba el esplendor deslumbrante de la estrella matutina. De áurea cabellera, bellísimos ojos azules, como el cielo y como el mar, cuerpo esbelto, dotado de formas perfectas y equilibradas, donaire y gallardía, que no inspiraban sino admiración y respeto infinitos. Era tan hermosa que la sola acción de mirarla constituía un superlativo deleite. Se decía que esta fantástica cualidad, que le hacía irresistible, era capaz de inspirar incandescentes emociones aun en el más glacial de los varones. De aquellos misántropos que, por extraños y misteriosos albures, ruedan por la vida excluidos del amparo de la diosa del amor y que, además, consiguen con éxito eludir los mortíferos disparos de Cupido. 

Por cierto, su nombre real no era "Amapola", sino Ana Hipólita. Sin embargo, como solía y aún suele ocurrir con frecuencia en nuestra franciscana ciudad, en cuanto a nombres de pila se refiere, los deudos de ella tardaron poco en modificarlos. Ciñéndose únicamente a la necesidad de acortar la expresión, mas no al capricho de rebautizarla con la denominación de aquella flor de sangrantes pétalos. Y en lo sucesivo ya nadie la conocería sino por la denominación adaptada. 

    Se conoce con exactitud quiénes fueron los progenitores de Ana Hipólita, la fecha de su nacimiento y la del bautismo. Así mismo, el nombre de la dama que actuó como madrina de ella, según consta en el registro de bautismo de la iglesia de El Belén de esta ciudad de Quito. Pues, para quien desee profundizar en estas referencias, añadiré que fue hija única del coronel León Esquivel e Ifigenia Ferretti, agnada cercana de Marietta de Veintemilla, la Generalita. La fecha del nacimiento de Ana Hipólita figura el 14 de abril de 1882 y la de su ceremonia bautismal el 29 del mismo mes y año. Consta además, como es natural, la identidad de la madrina de la recién nacida, que no es otra que la aludida pariente de doña Ifigenia.  

    Tampoco existe dificultad para determinar el emplazamiento de la morada en la cual nuestra heroína viera su primera luz y la habitara durante su existencia —y también, según se asegura, después de esta—. Testimonios fehacientes corroboran que se hallaba ubicada precisamente en el sitio donde actualmente se levanta el edificio del Banco Central del Ecuador; es decir, frente a la esquina sur del parque Alameda. A escasa distancia del monumental portón neoclásico de tres arcos que había sido construido en el siglo XVIII por las autoridades españolas de la Presidencia de Quito, cuando decidieron transformar a La Alameda en paseo público de la ciudad al estilo de sus análogos europeos. Esta colosal joya arquitectónica engalanó el idílico paseo, otorgándole atributos de señorío y distinción, por algo más de dos siglos, para luego desaparecer definitivamente incluso de la memoria colectiva. En efecto, casi ningún historiador se refiere a su existencia. El derrocamiento de este invaluable tesoro arquitectónico se consumó en 1933, debido a que el sitio de su emplazamiento había sido elegido para la erección del monumento a Simón Bolívar. 

    La señorial mansión de los Esquivel, objeto de admiración y orgullo de la urbe, merecería todo un capítulo para describir la opulencia y el gusto exquisito plasmados hasta en los menores detalles de su construcción. Aquel derroche de arte desplegado para dotarle de la belleza de un diáfano y rutilante cielo nocturnal, y aquel boato estupendo que solamente la opulencia y el desprendimiento permiten cristalizarlos, conferían a la monumental mansión el aspecto elegante de un palacio real. No obstante, por ahora, no es indispensable delinearla más allá de sus definiciones exteriores miradas a vuelo de pájaro.

    La edificación, de colosal tamaño, constaba de tres plantas. Particularidad que, en aquella época, constituía una rareza y un privilegio a la vez, puesto que el común de los edificios no superaba los dos pisos. Se hallaba el palacete dotado de un amplio e impresionante jardín, poblado de lúcidas y aromadas flores, en cuyo centro se erguía una imponente pila de fino mármol azuayo, elaborada artísticamente sin duda en alguno de los prestigiosos talleres de Sinincay. El agua, canalizada desde las laderas del Pichincha hasta ella, al derramarse en argentados y rumorosos surtidores, acariciaba el oído, cual dulce y envolvente sinfonía que eleva al espíritu al estado del supremo éxtasis. Las colosales ventanas de cristal, besadas con vehemencia por fotones de la luz, y los balcones de hierro fundido del edificio se hallaban engalanados por maceteros de exuberantes y policromos geranios, la flor emblemática de Quito.

    Y su portal y lo que se podía mirar en el interior a través de él, con referencia al suelo, despertaban la admiración por la delicadeza y el lujo empleados en su fábrica. Elegantes mayólicas, importadas de la lejana Italia, cubrían su superficie, mostrando exóticos grabados y personajes estrambóticos, quizá arrancados de la mitología, puesto que el atavío de los individuos presuponía su origen en un pretérito lejano. Pero lo que impresionaba, sobre todo, era la extraordinaria maestría del autor que diseñara aquellas magníficas estampas para ser aplicadas en las losetas que ahora seducían la vista con su belleza y realismo, que incluso daban la impresión de haber sido dotadas de vida y movimiento.

    Además, si desde una distancia propicia se miraba hacia la cumbre de la casona, el espectador se encontraba con algo espectacular, que inevitablemente capturaba su atención y le atraía el interés con fascinación inusitada. Pues, en el sitio donde no pocas de sus sucedáneas de aquella época contaban con la presencia de una veleta, generalmente su eje giratorio ocupado por una saeta metálica o una figurilla cualquiera, se hallaba una maravilla que originaba verdadero impacto. La cual no era como para vagar la mirada sobre ella por un instante y de inmediato variar el campo visual. Porque, para estupor de todos, en lo alto del tejado del edificio, se hallaba instalada una reluciente estatua de dorado metal representando a San Francisco de Asís, el patrón de la ciudad de Quito. Esta imagen de altura y complexión de un hombre de elevada estatura, que ya de sí sola imponía gran admiración, poseía además la increíble capacidad de ejercer movimientos específicos y calculados. Pues, al respecto, se diría que no se trataba sino de una persona verídica con la consigna de llevar a cabo una tarea estrictamente definida. Puesto que, sobre un disco, en posición horizontal que giraba paulatinamente, se encontraba erguida la broncínea estatua del santo de Asís, ¡levantando una y otra vez el brazo derecho hasta la altura de la frente para con su mano bendecir la ciudad con la señal de la cruz! Por cierto, los movimientos ejecutados por el "hombre mecánico" no se limitaban al brazo y a la mano derechos, ya que también ejercía dominio en el otro miembro superior, en la cintura y hasta en los ojos. Es evidente que este asombroso artilugio, milagro de la ingeniería mecánica, construido en Alemania, por encargo del coronel León Esquivel, para imprimir una pincelada de grandeza a su mansión, debió costar una verdadera fortuna. En resumen, la referida mansión prometía ser un lugar donde sería posible ver desfilar los días sin que el tedio osara marchitar el ánimo.

    En efecto, Amapola nunca conoció aquel severo malestar que, con su gélido aliento, perturba la tranquilidad y desluce la belleza. En ningún instante de su plácida existencia se vio ella expuesta a los embates del fantasma del hastío. Los sinsabores muy comunes en los demás, aunque fuesen en forma de efímeras auras, jamás encontraron refugio en su dulce y apacible talante. Debido a que, sin que importara el origen o la magnitud de ellos, se desvanecían como la oscuridad ante el advenimiento de la radiante luz.

Amapola, hija única de un matrimonio favorecido por la fortuna y la felicidad, que le acreditaban sosiego y un sitial de honor en la sociedad. De la vida no degustó sino su miel. Cuando niña disfrutó, junto a la ternura y devoción de sus progenitores, de todas las comodidades que el dinero puede otorgar. Luego, en su florida adolescencia, continuó en goce de las mismas prerrogativas, más la complacencia de verse en posesión de aquellos atributos femeniles cada vez más perceptibles y fascinantes.

    Desfilan raudos los días, transformándose en semanas y éstas en meses. Y Amapola se ha convertido en una réplica magistral de la divina Afrodita y, como ella, deslumbra belleza y genera, con su sola presencia, el néctar de ese morbo febril llamado amor en los varones que tienen ocasión de contemplarla. Como toda jovencita, aún en tránsito por la compleja adolescencia, es incapaz de avizorar a plenitud los intrincados laberintos de los sentimientos. El advenimiento de aquella fascinación que empieza a sentirla sencillamente le halaga y le intriga a la vez. Pero esta sensación carece de la fuerza suficiente para sumirle en hondas cavilaciones y mucho menos como para afincarse en el ánimo. Pues la excéntrica dama del amor no desea sino conocer su intrincado mecanismo, exactamente con la curiosidad crítica de quien examina los detalles de un complicado objeto mecánico que apetece saber su funcionamiento. Desde luego que en ocasiones lo siente, aunque de forma débil y fugaz, el deseo de probar el efecto de este sentimiento que constituye el concreto del universo. Mas la efímera tentación se le evapora antes de que pudiese configurar un proyecto específico. O sea, en pasión hacia otra persona que evidentemente le atrae y que, entablando correlación en el anhelo de enlace, genera alegría y proporciona voluntad para cohabitar y crear.

   En consecuencia, la Venus quiteña está lejos de imaginar que ninguno de sus admiradores hubiera vacilado un instante en dar parte de su vida por tenerla en sus brazos. Tampoco se percata de que ellos, aun conscientes de que jamás alcanzarían su acariciada dicha, buscarían tentar a la suerte en el campo del honor, por el privilegio de proclamarse oficialmente sus pretendientes. 

   Amapola, al margen de aquel ciclón de vehementes suspiros que su mayestática presencia desata en sus fervientes galanes, se mantiene nada vulnerable a las complicaciones que la fiebre de la adolescencia trae consigo, unas veces sin que se las buscara y, otras, cordialmente invitadas. Además, relegando las exigencias convencionales que demanda su elevada posición social, se proclama opuesta a sus molestas imposiciones.

    La insumisa joven no disimula su desdén por aquellas anquilosadas costumbres y, en consecuencia, se deja guiar por su propio criterio. Jamás siente complacencia en acudir a las reuniones sociales más allá de lo netamente indispensable, ni por asistir a la iglesia fuera del domingo. En su lugar, prefiere discurrir tranquilamente el tiempo entre las flores del jardín o en su amplia y acogedora biblioteca particular. Para sumergirse en la lectura de una novela romántica o en escudriñar las páginas de alguna enciclopedia de las que posee aquella fuente del conocimiento. Sin embargo, de vez en cuando Amapola prescinde del placer que le origina la visita a su jardín y la devoción por la lectura para honrar con su presencia a la diminuta laguna artificial del paseo de la Alameda, situada a escasa distancia de su morada. Así pues, escoltada por dos fieles exmilitares —quienes casi dos décadas atrás fueran designados personal y cuidadosamente por la Generalita, de entre la misma guardia presidencial, con la consigna de custodiar a la familia Esquivel—, la majestuosa y escultural joven realiza pletórica de entusiasmo el recorrido entre su residencia y la llamativa alberca, concurrida a toda hora del día y las primeras de la noche por una multitud de amantes de la excursión.

    El mayor atractivo de Amapola radica en mirar las ágiles canoas que surcan sin cesar sus aguas, impulsadas por los remos empleados por sus mismos ocupantes. A menudo, Amapola se ve tentada de abordar una barquilla y bogar en ella de extremo a extremo de la piscina, forjándose la quimérica idea de navegar por un piélago ignoto y sereno, cuyas aguas se confunden en lontananza con un cielo índigo azur.

    Y cuando adquiere vuelo este juego mental, donde la prolífera fantasía es nada menos que el único ingrediente de la fórmula de este sui géneris esparcimiento, siente la soñadora joven proyectarse, en ascensión directa, hacia el reino de la dicha. En efecto, el mayor regocijo de Amapola, del cual jamás quiso ni quiere substraerse, consiste en dejar vagar la imaginación por regiones inexploradas donde la magia de la fantasía dota de vida a sus escenarios. Sin género de duda, es esta su distracción predilecta y por la cual sacrificaría complacida las demás.

 

CAPÍTULO II

    Y bien, apelando a los ojos de la imaginación, no le resultará difícil al lector contemplar a la aristocrática y glamorosa señorita Amapola, apoyada en el brocal del balcón de su mansión y observada por las albas montañas visibles desde allí. Es el lugar ideal para entregase al dulce embeleso de viajar en alas del ensueño hacia el arcano de inverosímiles utopías, allende el espacio y el tiempo. 

   Contemplemos a la joven, precisamente ahora, engolfada en su deleite favorito.

   Amapola, obedeciendo a un llamado perentorio, lleva al cielo su mirada, ese cielo índigo azur, siempre puro y transparente, cual océano de cristal, donde, lenta, se desliza una barca de algodón. Se ve al punto fascinada por la magia exuberante de aquel célico miraje que le ofrece el firmamento desplegado ante sus ojos, de sus ojos admirables que contemplan desde el alma. Se recrea la gran dama auscultando sosegada el magnífico escenario en su fondo azul turquí, y proyecta su mirada a la barca de albo tul, que, aureolada de misterio, le concita admiración.

   "¿Lleva, acaso, alguna dama, una joven dulce y gaya que va a unirse a su galán? —Amapola se interroga—. ¿De qué puerto habrá partido, cuál la ruta que ha seguido, hacia dónde se dirige en su tenue embarcación? ¿Quién la espera en lontananza abrigando la delicia de tenerla junto a sí? ¿Un mancebo, cual Apolo o el lucero matinal?"

   Amapola bien quisiera ver de cerca a la viajera, prodigarle su ternura y ofrecerle su amistad. Mas, de pronto, se estremece, se deshace, se evapora la graciosa embarcación, que, plasmada de una nube, como nube, desvanece.

   Amapola, entre suspiros, deja el cielo, conmovida. Y, si bien jamás lo olvida, lleva al suelo su mirada, su mirada soñadora, que recorre la explanada y se posa en el vergel. El paraje matizado de colores sugestivos, coloreado y animado por mil flores encendidas, acapara su atención. Arrobada, lo contempla, lo examina complacida y se fija en un rosal, donde ufana sobrevuela una grácil mariposa que, galante, se dispone a dar un beso a cada flor. Amapola se pregunta plenamente fascinada: "¿Cómo puede amar a tantas, cuánto amor cabe en el pecho de la alada enamorada?" Si entendiera su lenguaje, si pudiese preguntarle cómo y cuándo había aprendido a quererlas sin medida y tal vez sin ser amada. ¿Qué misterio prevalece en el alma enamorada, que se siente bien ganada complicando la existencia? ¿Es, entonces, el amor un brebaje que embelesa, que adormece y que atrapa en su cárcel de cristal?

   "Si pudiera yo encontrar el sendero del arcano, que me lleve hacia el paraje conocido por amor. Si pudiera yo catar ese mosto arrobador que despierta la alegría y te nutre de efusión; si pudiera yo albergar en el ánfora del alma ese numen impetuoso, cual la flama de algún astro, que ilumina la existencia y te inflama el corazón. ¡Oh, sublime tentación!, bien quisiera yo acceder al miraje que matizas en las glebas del albur y poder así adorar, en el templo del anhelo, ese ensueño dadivoso que promete bienestar".

   No avizora los bemoles ni los fríos ramalazos que son parte del amor; ve tan solo su bondad. No recela que el amor es delirio y realidad, es bonanza y tempestad. Quiere ser la mariposa de las alas propulsoras, desafiar al raudo viento en su vuelo hacia el vergel. Platicar con una rosa tachonada de rocío, dar un beso al mirasol, recabar de la violeta su perfume arrobador y, con vuelo majestuoso, arribar a las estrellas y nutrirse de su luz.

   Quiere ser la tenue nube ataviada de albo tul, que navega lentamente y decora el cielo azul, y en sereno sobrevuelo, recorrer los siete mares, arribar al gran imperio de la mítica Catay, donde ufano y sonriente se levanta el astro rey.

   Quiere ir hacia Levante, por la Ruta de la Seda, contemplar las fabulosas Samarcanda y Bujara, y llegar a los dominios de Basora y de Bagdad, esas joyas deslumbrantes que fulguran como el Sol, donde nada es imposible, donde todo es accesible.

   Quiere ser protagonista de sucesos admirables, más fastuosos y más raros que las fábulas de Oriente, de esas fábulas contadas por la egregia Scheherezade al califa al-Rashid, que filtraran hasta el alma e inflamasen de emoción. Quiere ver ya sus hazañas, esculpidas por el tiempo, en las páginas perennes de la historia universal.

   Afectiva al embrujo que suscita el espejismo, solo pende del miraje de su onírica visión.

   Es el rato de la tarde en que el sol pone en su rostro pinceladas de arrebol, transformándola de pronto en hoguera colosal. Amapola permanece asomada a su balcón, sin salir del embeleso de su amena exaltación, ni notar que el claro día va llegando a su final.

   El miraje fascinante solo cambia de escenario, en su viaje inusitado hacia el vasto laberinto de un quimérico paraje. ¡Se ha fijado en el soberbio panorama que despliega, al confín del horizonte, la imponente cordillera, coronada por gigantes que se elevan hacia el cielo! En el vivo resplandor que precede al ocaso, hoy se muestran los gigantes con el rostro áureo-rojizo, cual chavales sorprendidos en hermética actitud. Displicentes, taciturnos, simulando indiferencia, se preservan con la brisa y mirándose entre sí. Amapola no se engaña y avizora la artimaña; los ve a punto de entregarse a su frívolo solaz: ¿un suceso que conmueva al recinto comarcal? ¡No lo sabe, ni vislumbra de qué género será!  

   ¡Es un acto alucinante! Mira absorta a los titanes conmutar súbitamente su talante habitual: del ascético reposo a un jolgorio colosal. Ve pintada en la mirada del ingente Chimborazo la sonrisa que ilumina a quien mora y se deleita con los dones de la gloria. El monarca de los Andes y guardián del universo, en su atuendo aún retiene esos rojos resplandores de la tarde que agoniza en las fauces de la noche. Amapola, en su embeleso, se imagina que el coloso no es otro que el dios Ares, fugitivo del Olimpo. Su grandeza le impresiona, su apostura le fascina.

    Amapola, en el transporte de su amena ensoñación, no prescinde del designio de arrasar con la muralla de la austera realidad. Mas el lírico paraje, que supone ya en su mano, se resiste a conceder la fruición de una aventura.  

   No le afecta el desengaño a la eufórica chiquilla, y ecuánime cavila que "los sueños, sueños son". Sin embargo, no vislumbra esa estela luminosa de la huidiza realidad, y cabalga aún ufana el corcel de la ilusión.

   En el fondo cristalino de su alma de mujer, aún yergue la esperanza, impregnada de optimismo, de atraer por un instante del gigante su atención. Y Amapola, en su delirio, con la mano sobre el pecho, conteniendo los latidos de su tierno corazón, el gigante le ocasiona mil patéticos suspiros.

   Mas el albo Chimborazo, soberano de los Andes, que a Bolívar concediera adentrarse en el ensueño, no concede a la hechizada una efímera mirada. Desde la alta cordillera lo contempla absorto el cielo, ese cielo azul cobalto cual un lago amplio y lejano, que de pronto se engalana con antorchas palpitantes. El gigante, impresionado, va paseando la mirada por el célico miraje, que, infinito en su belleza, presto atrae la atención. Mas, de pronto, la presencia de la estrella vespertina, hoy más clara que la Luna, más graciosa que una gema, le subyuga y le transporta a una plácida embriaguez.

   El gigante, fascinado por la excelsa luminaria, que le ha herido hondamente en su pétreo corazón, inmutable y silente, con la vista en lontananza, se ha olvidado de momento de que incluso aquí en la tierra hay deidades comparables, en belleza y elegancia, con la Diosa del Amor.    

   Amapola le comprende al galán enamorado —si bien ella, en su pureza, desconozca a ciencia cierta del afecto la embriaguez—, le alboroza su actitud y sonríe para sí. Sin que medie transición, busca y halla otro paraje donde posa su mirada exaltada de emoción.

    Más allá, pulcro y garboso, el conspicuo Cotopaxi, con la cumbre engalanada por penachos colorados y en diamante elaborado su capote excepcional, le recuerda a Amapola la presencia impresionante de un intrépido guardián. Un custodio que la historia, a lo largo de milenios, admiró su lealtad. Lo ve manso de semblante y su aire es de quietud. Lo imagina complacido de morar en la montaña, donde afable en la mañana le saluda el áureo sol. Lo ve hermoso y radiante, cual diamante fugitivo de la cárcel de un joyel.

   Sin embargo, en la mirada del señor de la montaña, que parece superar el confín del universo, hay un halo de misterio que la luz opalescente no ha podido confundir. Amapola, en su entusiasmo que la imbuye el embeleso, se resiste con firmeza a olvidar aquel sigilo del patriarca de los Andes. Bien quisiera nuestra dama penetrar aquel enigma, descifrar las experiencias de su extensa permanencia; inquirirle, por supuesto, a aquel mágico gigante quién fundara su linaje, su linaje sempiterno, embarcado en el carruaje de la misma eternidad; ¿cuántos nombres ha tenido desde el fondo de su infancia hasta el sol del día actual? No se encuentra convencida de que luego de milenios perdurara ningún nombre, por más bello, por más recio, por sonoro que este fuera. Y quizá también pudiera, recurriendo a la cautela de su innata vocación, indagar sobre la aureola del fogoso seductor, que le adorna y le distingue, cual perfume a la flor.

Al igual que los demás, también ella conocía que, al morir el claro día entre tétricos destellos y estertores de agonía, transformado en un galán, aquél siempre aparecía. Fuera mito o realidad, la romántica alusión, Amapola, hechizada, siente y goza el privilegio de la fértil utopía. Se ha escapado raudamente del imperio perceptible y, dichosa, lleva rumbo hacia piélagos ignotos, donde todo se somete a su magna voluntad.

   De inmediato visualiza al soberbio Cotopaxi, que ha tomado la figura de un tranquilo lugareño y, luciendo sagazmente indumento regional, se dirige hacia una aldea, ¿elegida o casual? Lo ve hermoso, cual un astro que transita majestuoso por el cielo nocturnal. Le fascina el áureo rostro, que sugiere haber brotado del seráfico portento de un radiante amanecer. Se deleita nuestra joven contemplando aquel semblante de belleza sin rival, y al ser presa de su influjo, se desborda de emoción. Al fin, hoy lo puede ver, lo que siempre había oído sobre el frívolo volcán: que, si a él le apetecía, adoptando la apariencia de un espléndido galán, recorría la comarca unas veces a caballo, otras tantas solo a pie, pero siempre en sus labios, aflorando una canción. Quizá nunca fue un secreto que el galante trovador, muy distinto a sus hermanos enclavados en la sierra, además de furia ígnea, tenía alma y sabía amar. Sin embargo, Amapola, en su cándida esperanza de auscultarle plenamente al señor de la montaña, no se para ni se ataja a fijarse en sus hazañas. Hoy que goza del albur de tenerlo frente a sí, en aspecto y semejanza, a un sencillo poblador, no descarta la esperanza de robarle su atención y, si el hado le sonríe, disfrutar de su amistad.

     Pues, si esto sucediera —monologa la chiquilla, abstraída en su ocurrencia–, ¡no imagino aventurado verle un día por la tarde al glorioso Cotopaxi, tal cual se halla este momento, cantar bajo mi balcón! La delicia de su voz, derramada en mi alma, cual rocío en la flor, surtirá a mi corazón de vehementes emociones. Ya percibo la fruición que a mi oído se avecina, cabalgando presurosa sobre un rayo de la luz; ya la lira melodiosa que ha empuñado el trovador se dispone a concederme mil arpegios embriagantes. Y al oír, desde mi alcoba, al señor de la montaña cantar junto a mi balcón esos cánticos galantes que embelesan y cautivan, ¡por mi honor, no tardaré en franquearle mi ventana, en procura de admirarle y tenerle junto a mí!...   

   Tras la última palabra, Amapola se estremece, sorprendida de repente por las voces estridentes del vecino campanario que coinciden ahora mismo en aturdirle con tañidos. Y al juzgar aquel suceso como sólida advertencia del peligro que despliega su tendencia a disfrutar de paganas expansiones, se promete soslayar a su don clarividente:

   —¡Oh, mi Dios, qué cosas dije! —se lamenta la chiquilla—. ¿Cómo pude yo pensar en tamañas ocurrencias, si en mi tierno corazón hoy y siempre ha de brillar un amante por su ausencia? Hasta ahora mil mancebos han rondado vanamente las umbrías barandillas de mi gélido balcón, ¿por qué entonces fui juguete de una fútil ilusión?

   Mas ahora, así de pronto, Amapola se reanima. Gira el rumbo del concepto hacia un nuevo derrotero que promete erradicar la acechanza de la duda, a la cual presto somete a la pulcra reflexión. Y prosigue fervorosa, cual si fuera un alegato ante un férreo tribunal:

   —Felizmente, en mi favor hay motivos contundentes que los pueden mitigar o esfumar la mea culpa. Estoy cierta de que la iglesia manifiesta y catequiza que una cosa terrenal, como un monte, por ejemplo, no es refugio de Dios vivo, sino cueva de Satán, aquel ángel derrotado, que en la tierra, sin embargo, no se exime ni se aplaza en tentar al poblador; que el Eterno desde lo alto, su morada celestial, nos vigila y nos protege cual pastor a su rebaño de traviesos corderillos, cual más presto a abandonar el amparo del redil; que una culpa de herejía es agravio a nuestra fe, una abyecta transgresión que no admite redención…

   Amapola, nuevamente, se sorprende y se alarma ante el peso ominoso de su propia reflexión. No ha podido, en mala hora, concebir un argumento que extinguiera en absoluto el dilema que le inquieta. Mas la joven, obstinada, no renuncia a la confianza de encontrar una salida en los feudos intangibles de su mente exuberante. Exhalando un suspiro, proveniente desde el alma, se ve impuesta a cavilar con dinámico tesón. Por el trecho de un instante, que a Amapola le parece tal vez años, quizá siglos, van y vienen mil conceptos que examina estoicamente. Mas ninguno, a su juicio, le promete consistencia, mucho menos convicción. Finalmente, los desecha. Y es entonces cuando surge en su mente prodigiosa la esperada solución, que le place y le impresiona por su parca sencillez. Pues, ahora, ella sostiene que con solo liberar a su mística abstracción de aquel lastre religioso que obnubila la razón, ha logrado de inmediato sublimar su inspiración. Y Amapola, muy segura, muy segura de este aserto, desde un ángulo diverso, continúa el soliloquio:

    ¡Oh! ¿Acaso, es un pecado la visión de algún miraje en la faz de un espejismo? Un desborde del ensueño ocurrido en la embriaguez de un transporte de embeleso, ¿es, acaso, transgresión a la egregia majestad de las leyes que promulgan los preceptos religiosos? Cuando en todo el universo vibra y fulge la armonía, que transmuta en alegría del marchito corazón, ¿es, quizás, un sacrilegio que el licor del embeleso nos embriague de ilusión? Pues, de plano, discrepo de este juicio elemental. Y más bien, por el contrario, me convenzo y preconizo que el soñar con la esperanza resplandece la razón. Es entonces cuando el alma, liberada plenamente de la densa oscuridad, se ve ufana en transportarse hacia el éxtasis supremo, donde mágicos mirajes y portentos fabulosos se complacen en honrar cual más presto al concurrente.

   "Con respecto a esta gracia, provenida de la gloria, me proclamo afortunada de ser siempre la mimada de un portento acogedor. No registra la memoria desde cuándo lo disfruto de este don maravilloso que se adueña de mi ser. Sólo fulge en mi recuerdo la presencia luminosa de un dichoso amanecer, proveyendo a los sentidos de atributos colosales y el raudal clarividente que discurre por mi mente, permitiéndome explorar del arcano sus dominios. ¡Tal vez fue, posiblemente, al nacer la adolescencia, esa etapa lisonjera que al oído te musita mil promesas subyugantes! En concreto, no sé cuándo el hado del embrujo empezara a regalarme las mieles del ensueño. Sin embargo, lo recuerdo: fue así como ocurrió el escape de mi mente, de las brumas del letargo, al sublime despertar de una nueva realidad que propicia a los sentidos una ingente percepción; la muralla aisladora, que te enclaustra y te escatima contemplar el panorama más allá de tu contorno, se abatió súbitamente, permitiéndole al alma distinguir con su visión. Así fue como empezó.

   "Entre augurios jubilosos que saturan el espacio, se descuelga un nuevo día de las cimas insondables del dominio nocturnal. La penumbra tenebrosa, abdicando ipso facto, pronto bate en retirada perseguida por la luz; bajo el halo matutino, que ilumina la esperanza y estimula el optimismo, nace y reina la alegría que entusiasma el corazón.

   "Tras las horas argentadas que desfilan fatigosas, remolcadas por el Sol, surge entonces la presencia del sublime atardecer, aquel lapso prodigioso que al espíritu le arroba, le fascina y le embriaga cual nepente deliciosa disfrutada por un dios.

   "Es la hora de la cita con la espléndida utopía, tan dispuesta a obsequiar con mil célicos mirajes y fastuosos episodios que deleitan los sentidos en valor superlativo. Pues, hallándose velados a la vista del profano, desconoce totalmente la pueril comunidad.

   "Ya la mente liberada de la ergástula opresora se proyecta en raudo vuelo hacia célicas regiones que, en magnífica belleza, se dilatan y se extienden más allá de lontananza. ¡Es el reino soberano de la intensa voluntad, donde nada es imposible, donde todo es bienestar!". 

CAPÍTULO III

    Todos los días, en algún instante de las soleadas y transparentes tardes capitalinas, Amapola solía asomarse por unos instantes al balcón de su señorial mansión, lapso que dedicaba a disfrutar del singular panorama que ofrecía la andina cordillera contemplada desde allí. Su espíritu abierto a las expresiones de la belleza, cual espejo de un sereno lago al embrujo de un cielo estrellado, se inundaba de gozo ante aquel majestuoso despliegue de la naturaleza. Hubiese deseado ella permanecer horas y horas inmersa en aquel dulce embeleso, mas los conflictos que con su sola presencia creaban en los jóvenes presentes, casual o intencionalmente, le impedían prolongar el deleite de semejante satisfacción. Por lo demás, resulta inverosímil suponer que alguien tan delicada e inofensiva, que únicamente irradiaba bondad, pudiese desatar violentas tempestades emocionales en los demás sin jamás proponérsela. Pero la verdad no era otra.

    Y precisamente era esto lo que suscitaba en los presentes la sola presencia de Amapola. Al aproximarse la tarde, numerosos garzones e incluso no pocos donjuanes de profesión o improvisados, situados estratégicamente en la explanada contigua a la residencia de la beldad, aguardaban impacientes la aparición de ella, anhelantes de que, con su resplandeciente belleza, regocijara al menos por un instante a su mustio corazón. La joven permanecería unos minutos en el balcón, contemplando extasiada el paisaje vespertino, envuelto en tenues y nostálgicos celajes.

    Luego, fiel a su hábito, sin prodigar a sus fervientes admiradores ni siquiera una fugaz mirada o al menos el esbozo de una sonrisa que amainara aquel fuego en que ardían, volvía sobre sus pasos para no reaparecer sino en algún momento de la agonizante tarde del próximo día. Era esa su rutina inalterable y nadie esperaba obtener algo más de ella. Pero, ¿qué hubiera sucedido si alguna vez Amapola, vulnerando la rigidez de su hábito, les hubiese obsequiado con una tenue y fugaz sonrisa? ¡Caramba! Pues, sin duda, cada uno de aquellos apasionados cautivos se hubiera vuelto feliz de contento, ya que tal privilegio no equivaldría sino a alcanzar el cielo de su dicha.

     Mas tal cosa nunca ocurría.

    En efecto, la codiciada dama, aunque en su ego de mujer se sentía halagada, sabiéndose admirada, la romántica devoción que sus adeptos le profesaban no le causaba complacencia alguna. Como tampoco, la mínima sensación de enfado. Tal privilegio le era absolutamente indiferente. Pues, la intuitiva joven, en lo íntimo de su ser, tenía la certeza de hallarse predestinada a protagonizar algún suceso más elevado que el de alentar el morbo pasional de algún mancebo atolondrado. A menudo sentía un llamado perentorio que demandaba su atención, si bien desconocía de dónde provenía ni en qué consistía él. Entonces la joven, a pesar de su poca inclinación por la religión, suponía aquella voz silente y misteriosa, que la escuchaba con los oídos del alma, procedente de una entidad divina, advirtiéndole del riesgo que representaba el distraer la mente con asuntos enmarcados en la seductora fantasía.

    Además, con cierta desazón, reconocía que ella, en vez de ocuparse en algo de trascendencia social durante sus momentos libres, que eran los que abarcaban el día casi por completo, los dedicaba a asuntos de orden netamente privativo que no rebasaban el perímetro de la satisfacción personal. Aun más, tenía presente que las demás señoritas conciudadanas de similar edad a la suya y de análoga condición social no escatimaban tiempo ni recursos económicos cuando alguna institución de beneficencia requería del socorro de una mano generosa. Claro, sobre todo si dicho acto de filantropía iba acompañado de nutrida y ostentosa publicidad.

    Y bien, consideraciones aparte, la sensitiva señorita Esquivel nota de repente ser objeto de ramalazos de inquietud, apenas perceptivos al comienzo y últimamente advertidos con mayor intensidad y frecuencia. Su causa está lejos de entenderla ella. Pero no la supone de origen físico, ya que ningún punto de su bella anatomía sufre el menor quebranto. Sin embargo, tiene la sensación de hallarse en un laberinto emocional, el cual ha ido succionándole paulatinamente. En consecuencia, la joven dama ha perdido el sosiego e incluso el placer por presenciar, desde el balcón de su morada, los magníficos atardeceres quiteños. No obstante, en medio de aquella postración anímica, que le cierra el paso hacia el resplandor de las conjeturas, le sorprende súbitamente la idea de que la esencia de su perturbadora congoja pertenecería al plano espiritual. De ahí que, imputando al conflicto un fruto de su desidia al involucrarse en asuntos que se ven mejor desde lejos, se prometa analizar su conducta.

    Sin embargo, Amapola, luego de un meticuloso examen de conciencia, termina por convencerse de que su plácida rutina nada dejaba que desear. No obstante, la persistencia de aquella intermitente desazón sugiere que el mal tendría su origen en algún motivo imputable, que, por su complejidad, resultaba difícil de revelar. Así, pues, en su afán por librarse de aquel fastidio recurrente, busca con ahínco la opción que le pondría sobre la pista de él. Y para obtenerla se formula todo un cúmulo de variadas preguntas sobre posibles motivos censurables que hubieran podido empañar su hábito. Pero nada lo consigue con su esfuerzo mental. Es entonces cuando Amapola, como último recurso enfocado a la restitución de su plácida calma, decide probar suerte en las exhortaciones piadosas expuestas por el padre Álvaro. Prometiéndose que, en adelante, además de escuchar con atención las pláticas del sacerdote, sus enseñanzas las llevaría a la inmediata práctica. Detalles que hasta ahora jamás había realizado por la simple razón de que, habiendo ella nacido y crecido en el seno de una familia de convicción liberal y, además, lectora apasionada de los clásicos, no obstante su corta edad, había soslayado siempre los asuntos concernientes a la religión. Una norma habitual que nadie de sus allegados ignoraba, mucho menos el padre Álvaro, amigo personal de la familia Esquivel.

    "¡Vaya dificultad! Pero hasta el sol de hoy aún no existe conflicto alguno que, gracias al ingenio, no se lo pueda enmendar —musitó optimista la hermosa dama, avizorando sin duda la solución."

    El padre Álvaro se destaca como amigo de toda la vida de la familia Esquivel, que por cierto era corta en número. Cuando niño fue condiscípulo del padre de Amapola durante la etapa de enseñanza primaria y parte de la de secundaria en la adolescencia. Luego, ya en la juventud, ambos tomaron rumbos distintos en la consecución de los estudios. Álvaro Chamorro escogió la profesión de soldado de Cristo y León Esquivel la de la patria. Y una vez que ambos hubieran culminado los estudios de sus respectivas carreras y luego en ejercicio de la actividad profesional, tampoco se vieron ellos alejados ni por la distancia geográfica ni por una interrupción del vínculo de amistad. León, durante su vida militar —que fue corta—, salvo unos cuantos inevitables viajes al exterior, en cumplimiento de misiones de carácter castrense o diplomático, permanecería sin más interrupciones en Carondelet, sede del Gobierno y residencia oficial del presidente de la República del Ecuador. En otras palabras, los frecuentes y repentinos cambios de gobierno, comunes de aquella época de inestabilidad política, de asonadas golpistas y de conmoción social, en nada alteraban la permanencia en Carondelet de este singular militar.

    A propósito, la singularidad de este cimero hijo de Marte no radicaba únicamente en conocer la ciencia y el arte de la guerra, sino sobre todo en saber al dedillo la fórmula que permitía a un mandatario gobernar por largos y sosegados años. Y en el peor de los casos, por lo menos durante el periodo completo para el cual fuera elegido. Un conocimiento tan valioso como un filón de fino oro, que hacía de su conocedor un estupendo asesor de Estado de inapreciable valor. De ahí que todo gobernante, civil o militar, de derecha o de izquierda, legítimo o de facto, nuevo o viejo huésped del Palacio de Carondelet, no pensara sino en beneficiarse de la sapiencia de aquel estratega político, que tuviera en las obras de Sócrates y de Maquiavelo su fuente de ilustración. Por esta razón, era comprensible suponer que el ilustre coronel Esquivel permanecería en Carondelet, instruyendo a los sucesivos mandatarios sobre el apasionante arte de gobernar, por dilatado tiempo.

    El coronel anhelaba, una vez libre de su didáctica función, que le absorbía casi la totalidad del tiempo, disfrutar enteramente de las mieles del hogar. No obstante, este digno colaborador de la conducción de la patria falleció apenas a los 35 años de edad. Por cierto, su temprano deceso no se debió a circunstancias derivadas de algún brote de insurgencia, ni frente al paredón de fusilamiento, como tampoco al puñal del traidor, como se podría suponer a un militar en una época de convulsiones continuas. Pues, nada que le significara un fin acorde con los peligros que presupone la profesión de las armas le acaeció al padre de Amapola. La causa fue la fiebre amarilla, contraída durante una breve estadía en Guayaquil.

    A tan solo dos meses de la desaparición física del coronel Esquivel, su esposa emprendió el mismo camino que tomara él. La señora Ifigenia Ferretti, sin poder soportar la ausencia definitiva de su amado esposo, se abandonó en los brazos de la parca. Sin duda, una muerte por amor. En la ocasión, Amapola contaba con apenas seis años de edad. Es decir, una época en la cual el ser humano puede apenas vislumbrar la vida en una situación imprecisa, semejante a un escaparate de figuras confusas e incompletas, desplazándose hacia una fase de engañosa configuración. En este sentido, aún nada está definido en la percepción del infante, ya que carece de la facultad para discernir algo de otra cosa, determinando la disparidad que existe entre ellas. De tal manera que, al ser susceptible a evaluaciones ilusorias, es natural que se incline por elucubrar personajes y situaciones tomados, cual más extravagante, del seductivo escaparate de la fantasía. Y en situación semejante, el niño se siente a menudo o bien asediado por imágenes de pavor, que hurtan su candorosa tranquilidad, o bien deslumbrado por un ámbito subyugante configurado en un teatro de fascinantes espejismos. En ambos casos, el ineludible tránsito de una temprana vida por aquel mundo ficticio ha de dejar indelebles huellas en la memoria de una persona, las cuales, de una u otra forma, influirán en su carácter a lo largo de la existencia. Así, tanto el taciturno y el abatido como el optimista y el soñador, ostentarán permanentemente el legado recibido en la infancia.

    La niña Amapola, aunque al principio sufriera las consecuencias dolorosas de la definitiva separación de sus padres, sumiéndola en una profunda tristeza, no tardó en recuperar su temperamento: risueño y animado, que lo mantuvo constante. Además, ella poseía la vocación para enfrentar los obstáculos con indulgente serenidad, tomando la vida como una fiesta que se debía disfrutar en toda su extensión y sin interrupciones. No obstante, se distinguía por ser poco comunicativa, aun con su aya, pese a la afectiva relación establecida entre ellas. En este sentido, tampoco sus tías, de origen paterno, disfrutaron jamás de prerrogativa mayor que los demás. Reservada siempre y sobria en la conversación, sus amistades no rebasaron la frontera de la mera fórmula. En fin, Amapola, dueña de una personalidad excepcional, ecuánime y de un manantial de complacencia que fluía desde el alma; tan solo contaba con una amiga, que por cierto era sí misma.

    Amapola, durante el transcurso de la niñez hasta la adolescencia, fue presa de vicisitudes de diversa índole y de acerbados infortunios. Circunstancia que, en vez de doblegar su espíritu, le valió para vitalizar el carácter y desarrollar la facultad del discernimiento, transformándola en tamiz y laboratorio, consignados a procesar teorías, hipótesis y propuestas en opciones amparadas por la lógica. Y como resultado evidente de esta actividad intelectual, Amapola, a estas alturas de su edad (17 años), es capaz de dilucidar más de una duda conceptual. Pues su mente metódica, razonada y ordenada le concede la posibilidad de poder develar las enormes farsas elaboradas para engañar al incauto y también evitar ingratas sorpresas y desengaños urdidos en contra suya por desaprensivos sujetos, que no faltan, ni aquí ni allá. Pero confiada en exceso en la seguridad cifrada en sí misma, de ningún modo se hallará a salvo de sus propias equivocaciones, incurridas en un arranque emocional.

    Y bien, hoy es un día de mayúscula importancia para la ilustrada, elegante y sensitiva señorita Esquivel. El proyecto de buscar ayuda espiritual en los ilustrados consejos del padre Álvaro, luego de haberlo meditado con profundidad, se ha puesto en marcha. Se halla optimista, ya que supone que de aquella entrevista advendrá el sosiego para su espíritu, últimamente víctima de una intermitente y aguda desazón. Pues, a su pesar, se ha visto obligada a reconocer que su recia personalidad —formada por un temperamento y un carácter bien definidos y consolidados con la intervención de la inteligencia y la voluntad— presenta evidencias de sufrir de amplias brechas que vulneran notoriamente la impermeabilidad de su fortaleza.

    Ventajosamente, la joven no tendrá que ir muy lejos, ni solicitar una cita personal para encontrar y dialogar con el padre Álvaro. Ya que el clérigo, invitado por las tías de ella a las cenas dominicales, acudía religiosamente a su mansión por su propio pie.

    Durante el banquete, donde los platos iban y venían, el religioso, sentado a la mesa en su lugar preferencial y ocupado en paladear los exquisitos manjares, casi no hablaba. Mas cuando lo hacía, era solo para referirse al cocinero, de quien decía estar seguro de que, por su habilidad y dominio en el delicado arte culinario, merecía ser hasta guisandero de las viandas del mismo señor arzobispo. Y en tanto que el sacerdote degustaba con excelente placer y apetito los suculentos platillos típicos de la gastronomía quiteña, regados con vinos importados, comparaba la actual cena con alguno de los célebres banquetes a los cuales había sido convidado él en su viaje al Vaticano. A todo esto, tampoco sería justo omitir el buen gusto y sentido de valoración que este ávido comensal disponía para beneficio y satisfacción personal. Ya que, con análoga fruición, degustaba tanto lo que deleitaba su paladar como lo que engullían sus voraces ojos. De ahí que Amapola, deslumbrante en su belleza ideal, cual aromada rosa salpicada de rocío, que en cada gota se retrata el áureo sol, le inspirara al sibarita personaje tal complacencia visual que, por no perderla, habría renunciado gustoso al exquisito postre de la cena. Y bueno, ¿quién no?

    Luego de la cena, tanto el eclesiástico como los demás presentes, luego de haber hecho honor a las delicias culinarias ofrecidas en el comedor, se trasladaban a la biblioteca. En aquel templo del saber se prolongaba la reunión, amenizada por la lectura de algún libro de interés general, por comentarios de la actualidad política o simplemente por una conversación sobre un tema casual. Además, era allí donde se tomaba el café.

    Con frecuencia, el padre Álvaro, mientras saboreaba taza tras taza de aromado café de Zaruma, aprovechaba la circunstancia para hacer uso y abuso de su elocuencia. Además, por ninguna razón ni motivo dejaba de llevar a cabo lo que en él se había instituido ya en un hábito persistente: sentarse lo más cercano posible a Amapola, al punto de parecer entre los dos una réplica exacta de los hermanos siameses. Salvo que en estos, en ninguno de ellos se notaba al "hermano beligerante".

    En esta ocasión, Amapola, a diferencia de la gélida actitud y el mutismo que solía mostrar ante el distinguido huésped —sobre todo cuando este se tomaba la libertad de instalarse demasiado cerca de ella—, parece no incomodarse por tal acto de familiaridad y, más aún, da la impresión de que le resulta agradable. Por lo demás, ahora, como nunca antes, se mantiene atenta a la plática de su vecino de asiento, celebrando con alegría las ocurrencias que él expresa.

    Por cierto, el repentino cambio de la conducta de la señorita Esquivel resulta difícil de pasar desapercibido para las personas allí presentes. Así, pues, las tías de ella, sin saber a qué atenerse, se miran alarmadas entre sí, preguntándose el origen de aquel súbito cambio de talante operado en su sobrina, de costumbre opuesto al exhibido ahora. Tampoco para la servidumbre resulta fácil entender la actual disposición de su "amita" (que es como le llaman a Amapola). Y, claro está, el mismo padre Álvaro es el mayor sorprendido de la vigente actitud de su musa. No obstante, este caballero de viva imaginación, en vez de mostrarse confundido con la incógnita, se siente alentado para elucubrar explicaciones antojadizas. Porque, sin apenas meditar sobre la sorpresiva circunstancia, se abandona a la dulce sensación de hallarse en goce de las delicias deparadas por un ensueño de los que tantas veces lo había acariciado en sus transportes de anhelos inalcanzables. Se siente embargado de felicidad. Sin embargo, en medio de la dicha desbordante, que le arrulla el espíritu y le inflama el corazón, de repente se levanta la duda de que tanta maravilla no podía ser real. Tal vez nada más que el efecto del abundante vino ingerido en la cena, entre plato y plato. Presume entonces, con angustia, que esa dulce y absorbente alucinación que disfruta ahora se esfumará pronto, perseguida por el dolor de cabeza derivado de la embriaguez de la que es víctima.

    "¿Pero acaso no me ha sucedido algo parecido en más de una ocasión? —medita angustiado el defraudado sacerdote, mientras aparenta escuchar con interés el chisme político del día, publicado en la prensa y leído por una de sus anfitrionas—. Pues, aunque no sucedió apenas ayer, lo tengo bien presente la última noche que pasé con Valentín. Fue precisamente la ocasión en que lamentábamos las consecuencias del castigo descargado en él. ¡Pobre amigo y colega! Por un simple lío de faldas, que no merecía recibir más allá de una leve amonestación, cuando no un aplauso, se vio de pronto obligado a trasladarse nada menos que a una de las más inhóspitas parroquias de Santiago Zamora, por tiempo indefinido. ¡Vaya paradoja! Porque yo, pasado de copas ya, puesto que habíamos consumido media docena de botellas de vino de consagrar, en vez de comportarme congruente con aquella situación nada alentadora que atravesábamos, sorprendido por el recuerdo de Angelita, me sentí de pronto navegando por los mares de la dicha. Sentía entonces que la esperanza de alcanzar un sueño fugitivo se había cumplido, y que yo, convertido en rey del mundo, disfrutaba de placeres y delicias infinitas. Sin embargo, cuando más feliz me encontraba, como si alguien me hubiese descargado un tremendo golpe en la cabeza, me vi trasladado del éxtasis al potro de tormento. Y durante muchas horas, una multitud de demonios, dedicados al violento deporte de balompié, usaron mi cabeza para esa actividad deportiva. Moraleja: Beber uno o dos vasos de vino eleva el espíritu, pero acabar con la botella da dolor de cabeza.

    Avanza el tiempo, minuto tras minuto, atormentando con la incertidumbre al padre Álvaro e intrigando a los deudos de Amapola. Pero la bella dama se mantiene igual de animada que al inicio de la velada. Dialoga afectuosa con los presentes, sonríe a todos y hasta se ofrece a tocar el piano en procura de amenizar la reunión. Pronto la divina alegría embelesa con su magia a todos, especialmente al clérigo, que siente nuevamente inflamar su corazón con mayor intensidad que una antorcha.

    Pues, extraña paradoja, Amapola, que esta noche parece resplandecer de alegría y que, en su afán de conversar con el célebre convidado, apenas permite hablar a los demás, en el fondo de su ser se siente minada por el desconsuelo. Porque, si gracias a su fingida apariencia de mujer simpática y afable ha conseguido romper el hielo con el sacerdote, respecto a su relación de amistad, hasta ahora áspera y lejana, lamentablemente no ha tenido la oportunidad de poder dialogar a solas con él. Se encuentra convencida de que, en el tiempo que aún dure la velada, nadie se apartará de ellos. Por tanto, resignada a duras penas, se aferra a la esperanza de que en otra ocasión tendrá mejor suerte. Y que, por ahora, sin perder el hilo de su actuación, debe comportarse más bien como una perfecta anfitriona deseosa de halagar a su huésped.

    —Apreciado doctor —se dirige Amapola al sacerdote, con el título que confiere la Iglesia a los expertos de doctrina que defienden la religión o enseñan lo concerniente a ella—, se rumora que el general Alfaro designará a Carlos Freile Zaldumbide como vicepresidente de la República. Pues, de concretarse esta noticia, significaría que el gobierno actual respaldaría su fuerza en la intelectualidad más que en las armas. ¿Qué conclusión obtiene usted de este interesante detalle, apreciado doctor?

    —Pues, realmente, es eso lo que me temo, mi querida amiga —responde el sacerdote, visiblemente inquieto y con voz más alta de lo necesario para que escuchara normalmente su interlocutora, sentada junto a sí—. Porque de cumplirse la amenaza de este impío "mulato", pronto la patria se verá invadida por hordas de ateos, sin respeto por la propiedad ajena ni por la honra de las gentes, especialmente de las mujeres jóvenes y bonitas. Ejemplos no faltan de semejante maldición, caída en muchas desventuradas naciones gobernadas por intelectualoides que niegan la existencia de Dios Padre y que encumbran al chimpancé como su antecesor. Y nuestro infortunado pueblo, además de haber perdido miles y miles de vidas humanas como consecuencia de las guerras causadas por este demonio liberal, ahora se enfrenta al peligro de perder la fe, que no significa sino perder el alma. ¡Que Dios nos tome confesados!

    —Doctor, pero, siendo Alfaro un fervoroso patriota que contra viento y marea busca consolidar la justicia social, iniciada desde el primer día de su mandato, no permitirá que nuestro país se precipite hacia ese estado de cosas —se deja oír Simona, la hermana mayor de las tías de Amapola, impelida por un sentimiento de justicia que exige manifestarse en defensa del vituperado presidente de la República—. Pues durante los dos años que lleva en funciones, él jamás ha permitido el menor incumplimiento de la ley de parte de ningún funcionario, ni militar ni civil.

    —Y las obras emprendidas por él, para beneficio y orgullo de la nación, se pueden enumerar ya por cientos —expresa Marcela, la menor de las hermanas, apartando la mirada de ciertos retratos de extintos familiares suyos, que penden de la pared situada al otro extremo del salón, para observar con mal disimulada guasa al cura, que se había puesto al rojo vivo debido al comentario incompatible con el criterio de él formulado por la dama—. A todo esto, el contrato realizado con Archer Harman y Edward Morley, para la construcción del ferrocarril de Quito–Guayaquil, es una obra que beneficiará tanto a ricos como a pobres, a blancos e indígenas, y generará el progreso de nuestra nación hasta ahora enclavada en el estadio más remoto del Medievo —concluye ella, convencida.

    —Es innegable que Alfaro, desde el inicio mismo de su administración pública, no ha hecho otra cosa que gobernar en beneficio del pueblo. Sobre todo, en las esferas menos favorecidas de la sociedad —enuncia Simona, de inmediato, sin permitir al sacerdote refutar el comentario proferido por Marcela—. Es prueba de ello que su primer decreto fuera el de exonerar a los indígenas del pago de la contribución territorial y del trabajo subsidiario, y gobernar con todos los sectores del liberalismo.

    Al pronunciar Simona la palabra considerada tabú por la Iglesia Católica: "liberalismo", el padre Álvaro da la impresión de haber recibido un tremendo golpe en el pecho, exactamente sobre el corazón. Se halla realmente a punto de sufrir un infarto. En efecto, su rostro, que en el transcurso de unos minutos, a la par de la conversación, se había ido sonrojando hasta llegar al rojo intenso, pasa sin transición al verde limón. Además, siente que el aire le falta en los pulmones. Boquea como un pez fuera del agua, y sus ojos, enormes y saltones de por sí, se han puesto del tamaño de huevos de gallina. Pero nadie le presta atención, ni siquiera Amapola, la persona más cercana a él. A pesar de todo, el alicaído sacerdote se recobra pronto, manteniendo estable su adversa y viva reacción a todo lo que concierne a la acción progresista emprendida por el Viejo Luchador. En consecuencia, el cura se niega a permitir que las damas continuasen profanando la sacrosanta religión con tamañas blasfemias, y tampoco oculta el deseo de discutir. Por consiguiente, con el propósito de hacerse escuchar mejor su arenga desde lo alto, intenta ponerse de pie, pero reflexiona al mismo tiempo que en esa postura se verá apartado de Amapola. Se detiene a tiempo y permanece doblado por la cintura por algunos segundos. Vuelve el sacerdote a sentarse y también recobra en algo la compostura. Y, esbozando una sonrisa que no cuadra con la actual circunstancia, expresa:

    —Sí, ilustres señoritas, concuerdo con vosotras en que la futura construcción del ferrocarril Quito-Guayaquil llegue a ser el nexo que habilite la unión entre la costa y la sierra. Además, supongo que, una vez realizada esta colosal obra, se convierta en la columna vertebral del desarrollo socioeconómico de la nación ecuatoriana, proporcionando a sus pobladores el estatus del neoyorquino o del londinense. Claro, una áurea promesa que a todos nos halaga y nos impresiona. Y bueno, ¿por qué lo iba a despreciar yo, semejante oportunidad que nos conduciría a la cima misma del progreso? —el astuto sacerdote, que mientras habla barre con la mirada el espacio que abarca el salón, como suele efectuarlo cuando dice los sermones desde el púlpito, mira de reojo a las damas, deseoso de intuir, en su gesto, la reacción correspondiente a la ironía que acaba él de lanzar. Pero ningún indicio detecta en la actitud del auditorio y, con mayor ahínco, prosigue con sarcasmo—. Presumiblemente, el "indio Alfaro", por obra y gracia de la omnipotente hechicería, sea capaz de cumplir con su promesa, al igual que Cantuña, quien, con la ayuda de Satanás, construyera el templo de San Francisco en una sola noche. Y, amigas mías, como nada está oculto bajo el sol, pronto sabremos cuál será esta vez la apuesta que un desalmado le proponga a Satán para tentarlo. ¿Será, acaso, alguna de sus novias o de sus amigos? En todo caso, será algo similar a lo arriesgado por Cantuña: su esposa.

    Las atentas damas, luego de escuchar comentario semejante de labios del director espiritual, a quien la familia Esquivel lo había considerado siempre como una persona ecuánime e ilustrada, con profundos conocimientos en todo el amplio abanico de las ciencias, pero que ahora se mostraba semejante a un mozo de cordel y hasta carente de sentido común, no saben qué opinar de él. Sin embargo, Simona se deja oír sorprendida:

    —¿Está usted de broma, doctor? Estoy segura de que su reverencia no lo dice en serio nada de lo expresado ahora mismo, ¿verdad? —Sin esperar respuesta de su interlocutor, la mayor de las tías de Amapola prosigue con la defensa del Viejo Luchador—. En lo que a mí atañe, con respecto a don Eloy, jamás dudaría un solo instante de su condición de persona de bien, de su solvencia moral y de su sensatez. Estoy absolutamente convencida de que él, sin valerse de artimaña alguna, cumplirá a cabalidad sus promesas para bien de la nación.

    —¡Oh, amiga mía! —se sorprende el padre Álvaro, o al menos finge tomarse tal actitud, ya que se halla lejos de imaginarse que un simple seglar le refutara frontalmente, aún menos una mujer que, por la condición de su género, además de miembro de su feligresía, le debía sumisión y ciega credibilidad—. Créame usted que vuestra falta de memoria me conmueve sinceramente. ¿Pues, acaso, se le ha esfumado del recuerdo una de las más insólitas hazañas perpetradas por el mulato de marras, cuando contaba él con apenas trece años de edad? Pues, para nadie constituye secreto alguno la lucha a muerte que el entonces niño José Eloy Alfaro Delgado, con ayuda del demonio, sostuviera cuerpo a cuerpo con un tigre furioso. Al finalizar la lid, el felino se quedó sin piel y su adversario, con ella y, además, aureolado por la fama. En consecuencia, no hace falta ser adivino para comprender que el resultado favorable al mulato, en tal evento, no pudo depender más que de un convenio con un agente del averno.

    —Tal historia tiene el aspecto de no ser más que un cuento, puesto que nada certifica su autenticidad —interviene Marcela, poco menos que escandalizada por la leyenda mencionada por el sacerdote como si se hubiera tratado de un suceso real—. Pero, en el caso de que tal cosa hubiese ocurrido realmente, el niño Eloy pudo haber salido bien librado debido a la protección del ángel de la guarda, como ha ocurrido en circunstancias similares, o, simplemente, gracias a un factor de suerte.

    —De ningún modo el mulato podía haber salido ileso de las garras de un tigre, enfureció, sin la ayuda del demonio —sentenció el cura, con la pretendida autoridad de un experto en demonología—. Me niego a imaginar que un malvado mozalbete, que más tarde se convertiría en el mayor perseguidor de la fe cristiana, hubiese sido protegido por el ángel de la guarda, como tampoco debido a un exceso de generosidad de la suerte.

    —Pero, ¡doctor, don Eloy jamás ha perseguido a la Iglesia, ni de joven, ni mucho menos de viejo! —manifiesta Simona, refutando la inquina del sacerdote por el Viejo Luchador—. Por el contrario, en más de una ocasión ha demostrado ser un sincero creyente y un defensor de la fe. Apreciado doctor, solo con el objeto de estimular la memoria, baste este ejemplo, que, por lo demás, aún se mantiene fresco. Ya que, como es de dominio general, en cuanto don Eloy asumió la presidencia de la República, uno de sus primeros actos fue el de escribir al papa León XII, para solicitar la canonización de la beata quiteña Mariana de Jesús de Paredes. Al respecto, el pontífice aceptó encantado la petición, mientras que la iglesia local se opuso tenazmente. Aún más, el obispo de Manabí, asumiendo como suya la lucha para desacreditar la petición de Alfaro, vociferaba, entre otras aleves proclamas que arenga desde el púlpito: ¡Rechace el señor a los espíritus infernales! Claro está, refiriéndose al liberalismo.

    El padre Álvaro, esta vez, carece de argumentos adecuados para imponer su caprichoso criterio sobre las fundadas opiniones de las hermanas Esquivel, que, por lo demás, se defienden o atacan siempre alimón. Renuncia al intento de negar o descalificar los sucesos de innegable veracidad que acaban de ser referidos. Con todo, no será él quien dé el brazo a torcer. En consecuencia, busca y encuentra una excusa que justifique la omisión de una respuesta plausible.

    —Mis queridas e ilustres amigas —dice el sacerdote, adoptando en la voz el pesar de quien hubiese perdido un tesoro irrecuperable—, por lo que veo, siento la necesidad de recordarles que, precisamente, en la época en que Alfaro se hiciera con el poder, me encontraba yo consagrado a los ejercicios espirituales en la Casa de Retiros "Inmaculada Concepción", situada en el Valle de los Chillos. Encerrado entre cuatro paredes, de nada de lo que ocurriera fuera de ellas podía enterarme yo. En todo caso, si el mentado sujeto alguna vez concibiera la idea de realizar algo notable, jamás lo conseguiría sin la ayuda directa de Lucifer. Me hallo plenamente convencido de que su victoria en la mentada pelea con el tigre no se habría producido sin la evidente ayuda de las fuerzas del mal. Insisto.

    —Por cierto, aún cosas más espectaculares acaecen, sin que en ello nada tenga que ver ningún súbdito del averno —apoya Simona a su hermana—. Ahora mismo acude a mi memoria la terrible escena suscitada, y por mí experimentada personalmente, en una de las aulas del colegio Sagrados Corazones, donde cursaba yo el primer año de segunda enseñanza. Era un viernes, cerca del mediodía, cuando aquel malhadado suceso sobrevino. Se hallaba Sor Imelda, profesora de matemáticas, junto al pizarrón y en la mano derecha sostenía el puntero (una varilla metálica larga y puntiaguda en un extremo; probablemente se trataba del mástil de un paraguas viejo), que lo utilizaba tanto de bastón cuando caminaba como de guía cuando requería señalar uno o más puntos específicos de las grafías en análisis, dibujadas en el pizarrón. Cuando de pronto, proveniente del exterior de la casa educativa, con enorme susto, pudimos escuchar una atronadora gritería, que daba la impresión de que los transeúntes, a esa hora profusos, se habían vuelto locos o estaban siendo apaleados. Sor Imelda, sorprendida al igual que sus alumnas, se volvió para mirar la puerta del aula, atraída por el escándalo dominante, mientras nosotras imitábamos su movimiento súbito e involuntario. ¡Madre mía! Pues, en ese mismo instante, con centelleante velocidad, ¡un monstruo negro y cornudo, de chispeantes ojos, que entre ensordecedores mugidos echaba espuma por la boca, se precipita al interior del aula, causando pavor en el estudiantado! Sobra mencionar que no pocas niñas se desmayaron de terror, mientras otras gritaban o, por el contrario, se ponían yertas.

    —¿Fue sin duda Satanás en persona, como lo pintan los inspirados maestros para ilustrar al maligno? —interpela el cura, deseoso de probar por experiencia ajena que el diablo está presente hasta en los quehaceres más honestos.

Amapola, junto al padre Álvaro, que hasta ese momento no había participado en la conversación, manteniéndose al margen de los conceptos allí debatidos, impidió que su vecino de asiento interrumpiese el relato de su tía, preguntándole oportunamente si no deseaba él otra taza de café.

    —¡Madre mía! —prosiguió Simona, ignorando la pregunta capciosa del cura—. Pues, el monstruo, resoplando como un fuelle mientras corría de un lado a otro del salón. Buscaba con su espeluznante mirada la víctima propicia en la cual descargar su furia; por fortuna, tuvo la ocurrencia de elegir a Sor Imelda para agredirla. Recuerdo con fidelidad que el monstruo, hallándose a solo un par de metros de la maestra, se detuvo para mirarle por un instante con sus ojos inyectados, como si su instinto animal le advirtiese que, antes de cometer un descalabro, pensase dos veces. Claro que su relativa pasividad duró bien poco, ya que el malvado y gratuito enemigo, retrocedió casi hasta la puerta del aula para tomar impulso. Acto seguido, se lanzó con rauda velocidad hacia la indefensa Sor Imelda, quien, extrañamente, daba la impresión de esperar la embestida con increíble tranquilidad. En ese corto, pero determinante instante en que la vida pendía de un hilo, el estrépito de los pavorosos gritos de las niñas, enloquecidas por el pánico, sumados a los atronadores repiqueteos de las pezuñas del monstruo, golpeando furiosamente el pavimento del piso del salón, trituraba el espíritu como una rueda de molino que rodase sobre él. Pero continuemos. La diabólica bestia, bufando como un condenado y llevando por delante dos afiladas astas como puñales, se acerca como un bólido para impactar en su inerme víctima, quien, sin duda, en vez de salir despedida por el impulso a producirse, quedaría más bien ensartada en sus cuernos. No obstante, el consuetudinario asesino no intuía lo que le esperaba. ¡Pues, una ínfima fracción de segundo antes de que se produjera la colisión, Sor Imelda, con la destreza y agilidad de Lagartijo Chico, estira con firmeza el brazo, armado de su bastón y puntero a la vez, contra la bestia. Al mismo tiempo que, con un raudo movimiento, se desplaza unos centímetros hacia la derecha, evitando ser arrollada! Y el resultado no pudo ser más espectacular. ¡El aterrador monstruo que apenas unos segundos antes no era otro que el mensajero de la muerte, ahora yacía a los pies de sor Imelda con el corazón traspasado por el bastón de ella!

    —Lo recuerdo perfectamente, aquel suceso, que conmocionó al país entero por su impresionante desenlace —interviene el sacerdote, haciendo gala de su real o fingida buena memoria—. Yo mismo no daba crédito a lo sucedido con el toro… perdón, digo, con Sor Imelda, una mujer de aspecto enfermizo, delgada y alta como una vela, pero de singular energía y decisión. Recuerdo con extraordinaria claridad que nadie podía resistir su intensa mirada, mirada que penetraba hasta el alma misma, provocando en uno la sensación de inquietud similar a la que experimenta el niño que ve a su padre o a su maestro con el látigo en mano. ¡Pobre toro, me imagino que, a pesar de su bravura, se las habría visto amargas frente a la implacable mirada de Sor Imelda! Tal vez, para llegar al mismo fin que tuviera, ni siquiera habría hecho falta el estoque.

    La reflexión del sacerdote, reducida al plano de la chanza, en detrimento de la seriedad que merecía un prodigio digno de ser contemplado con respeto. Sobre todo porque la protagonista de la anécdota fue nada menos que una religiosa destacada por su santidad. En modo alguno es del agrado de las damas presentes. Para empezar, Simona, aduciendo la necesidad de emitir una orden perentoria al portero, se aparta del salón. Por su parte, Marcela insinúa apenas una leve sonrisa con los labios, pero se cuida de formular consideración alguna. Y Amapola, olvidándose de su acendrada urbanidad, sin proferir palabra, abandona a su vecino de butaca para dirigirse al piano. Intenta entonar una romanza que, tras arrancar unas cuantas notas, abandona. Solo el sacerdote, riendo entre dientes, festeja su propio y dudoso ingenio.

CAPÍTULO IV

  Continúa con la lectura mañana...